Dicho documento fue suscrito por militantes y simpatizantes demócratas cristianos que nacimos a la vida política en plena transición a la democracia. En dicha ocasión, así como ahora, manifestamos nuestra voluntad y disposición de asumir un rol activo en la renovación de la DC. Afirmamos, que los logros del pasado son insuficientes para dar vigencia a un partido agotado y con escasa sintonía con el Chile de hoy. Renovar es buscar que algo sea nuevo otra vez. Creemos que una auténtica renovación no desaloja a nadie, no desecha a nadie, sino que da la oportunidad a todos de partir de nuevo en un contexto distinto.
Es imperioso iniciar un profundo proceso de comprensión de los cambios que como sociedad estamos enfrentando y ser capaces de responder a las complejidades de éstos. Las respuestas que sirvieron hace 20 o 30 años, no dan cuenta de las necesidades del presente.
Todos sabemos que nuestro país es distinto, mucho más conectado con el mundo, con una diversidad social y cultural nunca antes vista, que impone desafíos crecientes de tolerancia, demandas urgentes de inclusión social y nuevas disyuntivas bioéticas, medioambientales, energéticas y migratorias. Los partidos políticos deben dar cuenta de la realidad. Así, a una sociedad distinta, debemos ofrecerle un partido distinto y no continuar dando las mismas respuestas para nuevas preguntas. La DC en la forma que la conocemos, está agotada. Se relaciona con el país y el mundo con una pretensión omnicomprensiva que el contexto actual hace extemporánea: enjuiciando más que comprendiendo, imponiendo más que debatiendo.
En su discurso impera una lógica vertical y excluyente en la toma de decisiones, lo que afecta sus procedimientos internos y las soluciones que propone. Sumado a lo anterior, ha hecho de la indefinición una práctica permanente ante temas ineludibles, lo cual no se condice con un partido que pretenda ser actor relevante en una sociedad moderna y pluralista.
Los demócratas cristianos tenemos algo en común: una matriz cristiana y humanista, base de la cultura occidental y dotada de un profundo sentido de comunidad. El cómo nos relacionamos con el mundo a partir de esta matriz es lo que hará diferente a la DC en el antes y el después de la renovación que proponemos.
La matriz es el conjunto de valores y principios que han dado sustento moral y cultural a la sociedad desde la perspectiva del cristianismo. Valores como la libertad, la igualdad, la justicia y el respeto irrestricto a la persona humana, han orientado y orientan la acción política de los cristianos.
Necesitamos un PDC 2.0: los valores y principios de siempre en un diálogo distinto. Un partido integrado a la comunidad y no superior a ella. El partido debe tener una mirada comprensiva, tolerante con la sociedad y, a través de esa nueva relación directa e inclusiva, dar respuestas cristianas en un mundo real. Para ello es necesario incorporar criterios de apertura a la diversidad social y cultural, de modo que seamos un partido dispuesto a debatir y deliberar en todos los temas. Un partido horizontal, participativo y realmente democrático.
Un partido que no incorpora, en su dinámica interna, el principio democrático, desletigima su discurso y carece de los medios para dar respuestas eficaces, consistentes y pertinentes sobre los grandes temas del país. Las lógicas de funcionamiento, basadas en decisiones de cúpulas, deben dar paso a criterios de mayor igualdad política entre los democratacristianos. Debemos cambiar los procedimientos para la toma de decisión, incorporando procedimientos participativos para el pronunciamiento sobre temas públicos y para la selección de autoridades partidarias y candidatos.
Un partido jugado por una opción social-comunitaria. ¿Qué es el centro?, ¿es una opción o una abstención?. La DC del último tiempo ha optado por lo segundo. No es éste, a nuestro juicio, el rol que le corresponde a la DC. Debemos pasar de ser un centro difuso y tibio a un centro definido, con una identidad clara y al que sea posible adherir. Desde nuestra opción social-comunitaria, la libertad y la igualdad son valores compatibles y necesarios. Estamos todos de acuerdo con que Chile ha conquistado con esfuerzo su libertad, pero ¿podemos decir que somos una nación igualitaria? Cuando hemos logrado cierto nivel de desarrollo económico, pero con inequidades sociales aún manifiestas, debemos iniciar un camino hacia la igualdad en el punto de llegada, donde pasamos de lo cuantitativo a lo cualitativo.
No basta con garantizar el acceso a determinados bienes o servicios o una simple igualdad de oportunidades, sino que se debe asegurar el contenido de esa igualdad, con similares condiciones para todas las personas, independiente de su condición social, económica, cultural, de género, ética y todas aquellas propias de un país diverso. Estas definiciones configuran la auténtica identidad demócrata cristiana del siglo XXI, y deben ser la plataforma desde la cual desarrollamos nuestra opción política. Se trata de cimientos que nos enorgullecen y fortalecen y que nos permiten afrontar con optimismo y confianza las tareas que Chile nos demanda.